Bitácora de guerra: el relato de Ucrania en primera persona

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Destrucción, valentía, odio, amor. Son muchas las palabras para definir la guerra, y días después de volver de Ucrania, Guillermo Panizza reflexionó acerca de su desafío periodístico durante la cobertura del conflicto que tiene en vilo al mundo.

 

Mambrú se fue a la guerra
Papá se fue a la guerra
Guille se fue a la guerra
Panizza se fue a la guerra

¿Qué es la guerra?

Es el capricho incomprensible, el fracaso de la política y la diplomacia, la imposibilidad de acordar manifiestos básicos, el dolor de las poblaciones que nada tienen que ver con los destinos marcados por posiciones intransigentes y autoritarias.

La guerra son las bombas, los misiles, los soldados, las trincheras, los tanques, las sirenas antiaéreas, la destrucción, la muerte. Nada que no sepamos, aunque la experiencia vertiginosa de cumplir un desafío periodístico tan inesperado como exigente, nos brinda más herramientas para aproximarnos a algunas respuestas más concretas, menos ambiguas.

La guerra además es la despiadada y absolutamente desastrosa multiplicación de millones de dramas de personas que quedan al descubierto a medida que la respuesta al despojo del futuro y de los proyectos se hace carne en hombres, en mujeres, en adultos mayores, en niños.

Es tiritar de frio aun con abrigo, rodeándose de calor de otros, refugiados, que se piensan juntos en un devenir impredecible, incierto. Es cargar bolsas con las manos rojas por las inclementes bajas temperaturas, con la ropa justa, con lo que se pudo y no con lo que se quiso.

Son familias cargando pequeñas mochilas, o algún equipaje un poco más sofisticado, señal de haber tenido la suerte de tener un poco más de tiempo. Suerte módica, suerte efímera. Son los trenes que llegan atestados del este, y seguirán igual hasta cruzar la frontera, ilusión de destino.

Son los nenes que no entienden demasiado, que ven a sus padres partir a pelear, a sus madres llorar, a las psicólogas haciendo preguntas que nadie quiere contestar en una contención dura, acaso más intencional que de respaldo.

Son los nenes que juegan con mis compañeros Pedro y Juan en una terminal atestada, de tristeza, con una pelota de papel improvisada, tratando de sacar una sonrisa tímida, una mueca de esperanza, un segundo de alivio entre tanta noche oscura.

Son las madres soportando estoicas el llanto para que sus hijos no las vean sufrir en pánico por lo que deberán enfrentar en su nuevo rol de refugiadas, donde sea, y como sea.

Son las reacciones humanas como la de ese hombre que nunca termino de despedirse en el paso peatonal para cruzar a Eslovaquia, haciendo corazones con sus manos, tirando besos al aire, construyendo la mímica de un abrazo que nunca sabremos si podrá repetir.

Es el himno de Ucrania, omnipresente, como los insultos a Putin.

Son reacciones humanas comprensibles, como la de Anton, un chico de 19 años que conocimos en Uzhgorod, temeroso porque no le aceptaran el certificado médico de incapacidad por una operación en la rodilla. Tenía que pelear, pero no quería hacerlo, tan razonable, tan comprensible.

Es el pobre y el rico en la misma trágica situación. Con autos que quedan a mitad de camino por llegar sin combustible, con familias esperando en vehículos buscándose un ánimo que no tienen, improvisando canciones entre lágrimas, sabiéndose, a veces, refugiados por segunda vez, como Mohammad, escapando primero de Siria y ahora de Ucrania.

Es Victoria huyendo de Kiev con su hija y sus dos gatos, pero sin su madre, dispuesta a morir en su casa, en su tierra. Es María llegando en tren a Lviv, pero arrepentida volviendo a Kiev para traer a sus amigos que quisieron quedarse. Es Stass, llorando solo en una peatonal mirando los videos de la escuela de sus hijos en Mariúpol, todo fuego, todo destrucción.

Es Darina, de 16 años, sola con un sobretodo gigante y prestado por un alma caritativa, con la mirada perdida de recién llegada, de Jarkiv, donde vio y vivió el horror de las bombas. Es el dentista que compra armas junto a una profesora universitaria. Ambos sin saber usarlas.

Es Olga, la maestra de inglés que aprende a disparar y lleva bombones a sus instructores. Es Nivio, un peruano agradecido que dejará la vida por el país que lo cobijó.

La guerra es Roman y Juri, abogado y emprendedor, que se alzaron uniformes militares y pregonan su espíritu nacionalista, aunque con pocas ideas de lo que puede ser el frente de batalla, en esa inequidad militar de David vs. Goliath. Es Irina, la maestra que dejo de serlo para cuidar las 24 horas a mujeres solas que lloran todo el tiempo en un gimnasio de básquet de su escuela, donde no hay niños; pero si aulas atestadas de sueños truncos, hay cafeterías que funcionan como refugios, hay pizarrones con frases de aliento. Hay salas de profesores tapadas de colchones y ropa de abrigo.

Es Cristina y Elena, médica y farmacéutica, dos mujeres que no se conocían pero que se hicieron inseparables en una oficina que abrieron para conseguir muletas, vendajes, remedios y todo tipo de asistencia para las tropas de su país.

Son los controles estrictos, es vivir bajo sospecha, es entrar a un mundo y a una realidad en la que nadie quiere penetrar y de la que todos quieren salir. Son los problemas cotidianos y domésticos de no saber donde comer, donde dormir, donde cargar equipos, donde obtener calor, donde descansar, sabiendo que lo que nos puede pasar a nosotros es nada comparado con el calvario de la huida masiva, imágenes en sepia de la segunda guerra mundial.

La guerra también es la reproducción de imborrables gestos de amor, de voluntarios generosos, de tantas personas que ofrecen autos, celulares, camionetas, cargadores, un plato de comida, una sopa, un té, una indicación, una guía, un abrazo, un juguete, un chocolate, un tambor con leña y fuego para matizar la espera a la intemperie.

La guerra también es la resistencia civil, acaso Naif, posiblemente romántica, siempre perturbadora, visiblemente esforzada y defensiva. Con miles de bombas molotov preparadas en un parque de diversiones, y rellenas con la materia prima aportada por la población organizada a través de redes sociales. Con redes de camuflaje tejidas y preparadas en un centro cultural que tiene mucho mas de centro de contención y catarsis ciudadana.

La guerra es una ciudad reconvertida todo el tiempo. Catacumbas medievales de iglesias icónicas transformadas en refugios. Lviv protege sus monumentos y esculturas, su patrimonio cultural. Llora a sus caídos. Y reproduce erizos de acero preparados por herreros, que no paran de trabajar.

La guerra es un descampado en lo alto de un pequeño cerro donde jóvenes concurren a practicar tiro con armas que comparan entre ellos como si se trataran de objetos de consumo. La guerra es el desabastecimiento, los cortes de luz y de agua.  La imposibilidad de salir de tu casa, de rezar para no convertirte en blanco de ataques. Es el toque de queda. Es apurarse a estar seguro después de las 6.

La guerra es Maradona y Messi como salvoconductos, en una argentinidad orgullosa e insospechada que nos infla el pecho, y -claro-, nos alivia al salir sanos y salvos de la enésima detención. La guerra es miles de voluntarios preparando comida para los que dejaron de tenerla, estampando camisetas para juntar fondos, recibiendo camiones de Polonia.

La guerra es aprendizajes y valoraciones eternas. Es descubrir el don, la valentía y el profesionalismo. Es la hermandad con Juan, Pedro y Daniel, compañeros de la aventura más increíble de nuestras vidas.

Es Tudor, nuestro hombre ucraniano, cantando canciones latinas y poniendo videos de Youtube en italiano para mantenernos de pie, y consiguiendo café vaya uno a saber de dónde para soportar la exposición a los 8 grados bajo cero en el crudo invierno ucraniano.

Es un montón de gente que nos ayuda para ir sorteando obstáculos de movilidad, comunicación, seguridad. Respeto y admiración para ellos. Son nuestras familias angustiadas que apoyaron nuestras decisiones y que ahora agradecen tenernos en casa.

Es el odio, pero también es el amor. El que se impone desde nuestra mirada, el que intentamos transmitir en cada historia, en cada salida en vivo, en cada diálogo. Ojalá hayamos estado a la altura.

Es la experiencia más transformadora que uno pueda imaginar. Todo eso también es la guerra.

Agradecemos haberla atravesado. Ojalá que nos haya mejorado, y que signifique al menos una reflexión profunda en cada familia en la que entramos desde Telefé Noticias sobre la necesidad de construir diálogos y entendimientos, de debatir ideas, a tiempo y en paz. Y de convivir de manera proactiva en un mundo cambiante.

Acaso una gota en un océano. Pero qué bien se siente haberla aportado.

Gracias siempre

35 COMENTARIOS

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