Una mañana en Cerro del Espino, Majadahonda
Gregorio no para de hablar. Está ensimismado en un monólogo halagador. Respira fútbol, recuerda anécdotas de jugadores argentinos en Madrid. El taxista -más madridista que Butragueño- nos está llevando al campo de entrenamiento de su rival de la ciudad, el Aleti. “A mí me dan ternura, me pone de maravillas cuando ganan, los que me disgustan son los del Barca, esos tíos sí me caen mal” dice. Está eufórico. Ama la idiosincrasia de nuestro fútbol y asegura que “nunca habrá nadie como Maradona”. Elogia y sueña con que el talento de Mastantuono se transforme en éxitos, goles y triunfos y empieza a enumerar figuras: Redondo, Batistuta, el Pato Fillol, el Loco Gatti. Describe la zona de Majadahonda- donde entrena el equipo del Cholo- y nos muestra las urbanizaciones donde viven los jugadores. Llegamos a la casa del Aleti.
Cerca, muy cerca de los jugadores ¿habrá fotos?
Una vez dentro del predio -estructura austera y confortable, muy a la europea- el personal de seguridad nos advierte: “sólo se pueden sacar fotos o tomar videos mientras estén los periodistas, cuando se retiran, nada de imágenes”. Mensaje claro y directo, no apto para seis turistas con ganas de llevarnos un lindo recuerdo y -por supuesto- la anécdota del año. ¿“Julián nos saludará? ¿Y Molina? Thiago Almada es nuevo, tendrá tiempo para charlar un ratito?” Preguntas que se podrán develar más tarde. Durante horas, bajo un sol abrasador y en plena pretemporada, el aprendizaje futbolero es apasionante, sobre táctica y especialmente sobre liderazgo y motivación. Nadie se toma un respiro, sólo hay intervalos muy breves para que los jugadores puedan refrescarse. Vemos movimientos en bloque, sistematización de jugadas en alta intensidad siempre bajo la batuta del Cholo Simeone. Nelson Vivas y Gustavo López también dan indicaciones. Pablo Vercellone atiende el circuito de los arqueros, donde sobresale Juan Musso. Se entrena bajo una idea que se cumple a rajatabla. Nos enteramos que el plantel recibe el plan de entreno un día antes para que ya sepan lo que tienen que hacer. El Aleti quiere ser una máquina aceitada y se entrena para ese objetivo. Desde los utileros y los profes, pasando por el entrenador de arqueros. Todo el plan tiene un sentido. Se hace porque se respeta un estilo. La entrega de los jugadores es sorprendente. En medio del ritmo de juego febril solo se escuchan las indicaciones del “míster”. Nadie se guarda nada. La intensidad es total.
A los vestuarios
El entrenamiento llega a su fin y se acerca Pablo Vercellone para mostrarnos el lugar donde podíamos esperar a los jugadores. Desde una de las canchas de entrenamientos caminamos unos cien metros hasta la zona de vestuarios. Sólo se permiten por protocolo dos personas cerca de los autos en el estacionamiento principal. El resto debía esperar en otro sector más alejado. Nos ponemos de acuerdo en rotar para que todos tengamos la oportunidad de saludar a los jugadores. Juan conmigo primero, después Mateo, Bauti y Nico. Sale Griezmann, simpático, cara de cansado. Aparecen Julián, Juan Musso y Thiago Almada. Los saludamos, nos sacamos fotos, les agradecemos Qatar, al igual que a Nahuel Molina, que sale un poco más tarde con su matera. Giuliano, Sorloth, Lenglet. No bajan de sus autos. Saben que afuera los esperan familias enteras de fanáticos. Estamos felices. “Todo marcha acorde al plan”, nos decimos. Es cerca del mediodía y el calor es impiadoso y tenemos hambre. Sólo faltaba la frutilla del postre. El Cholo, que -nos cuentan- se quedó solo en el gimnasio cumpliendo su habitual rutina de musculación. Son las 12:15 y a las 12:30 nos vamos. A las 12:20 se escucha un “holaaaa”. Es el responsable de una mañana frenética de entrenamiento. “Estuvo lindo, no?” nos dice, con risa cómplice. “Claro, Cholo, espectacular, felicitaciones y gracias”. Abrazo y foto individual y grupal. Nos vamos felices. Afuera no estaba Gerónimo. Nos acordamos de él. Para compartirle detalles de una mañana a todo fútbol, en el “infernal” laboratorio del Aleti.






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