«Sabés cuál es el miedo que tenemos en este kibbutz? que los soldados de Hamas aparezcan por un túnel y nos maten a todos». Así de contundente y extrema resuena la afirmación de Susana Strasberg, una argentina de 53 años y madre de 6 hijos que se instaló hace 11 años en esta comunidad agrícola donde actualmente viven alrededor de 900 personas.
Criada en Brasil, Susana cuenta que el kibbutz Neetiv Haasara (el camino de los 10, en recordación a 10 soldados fallecidos en el Monte Sinaí), resume el concepto de la vida elegida por distintas familias desde el año 1973, cuando llegaron los primeros residentes. «Para nosotros es muy importante saber que podemos ayudarnos entre todos», afirma Susana sabiendo que al momento de la conversación estamos ubicados a escasos metros del límite con Gaza, el territorio de 40 kilómetros de largo y 6 de ancho dominado por la organización radical Hamas.
Si bien reconoce que en épocas de cese de hostilidades como el actual, la vida en este punto caliente de la frontera puede ser tranquila y apacible, nunca se ha logrado bajar la tensión generalizada entre los pobladores. «Estamos en alerta, siempre. Yo por ejemplo, no puedo despegarme de mi teléfono celular porque me permite recibir las alertas en caso de ataque. Tenemos apenas 15 segundos para protegernos en los shelters o refugios que tenemos en el barrio, son 5 en total. Cada uno de nosotros, inclusive los nenes del jardín, sabemos qué hacer y cómo actuar ante una situación de alarma».
A lo lejos, los 3 jardines de infantes blindados, construidos con hormigón y concreto, exhiben su actividad habitual, con los chicos jugando en el patio, despreocupados y ajenos a la atmósfera de incertidumbre que genera el paso de los vehículos militares y el ruido de la turbina de los aviones que controlan la Franja. Se nos pide discreción y silencio para no molestar a los niños.
Susana muestra los cohetes Qassam, improvisados con pedazos de postes de semáforos, algunos de los que cayeron en el barrio 3 años atrás, cuando mataron a dos tailandeses que trabajaban acá. «En 2006 yo estaba baldeando el patio de mi casa y en ese momento cayó uno de estos proyectiles. De milagro no murió nadie. Pero lo peor sin dudas es la incertidumbre. Nadie sabe qué puede pasar en el próximo minuto». La charla se desarrolla sobre un monte de arena, en camino a una especie de sendero desde donde se pueden ver las siluetas de los edificios de Gaza.
Después de la primer Intifada, en el año 2000, cuenta Susana que ya no se pudo continuar con la relación que tenían los pobladores palestinos e israelíes en esta zona, que colaboraban juntos en el campo. El trabajo agrícola también tuvo sus consecuencias negativas.
Dos antiguas ciudades vecinas, hoy enemigas como consecuencia del conflicto más antiguo de la historia de la humanidad. Y nada parece indicar que esta peligrosa realidad pueda ser modificada.
Es hora de partir para otra ciudad, al norte del territorio: Sderot, la extensión más atacada por los misiles de Gaza en los últimos 16 años. Su población es de aproximadamente 30 mil personas y es un símbolo de la lucha y de la persistencia de la vida, en medio de la guerra. En su ingreso, impacta en una colorida plazoleta, la escultura de un baterista construida con los restos metálicos de misiles. Una representación que permite explicar el mensaje de un vecino, Haviv Ben Abu, víctima de los bombardeos que decidió transformar el dolor en arte.
En esta ciudad de la que mucha gente se fue tras los ataques de 2004 y 2006, nos recibe Judith Bar Hay, una asistente social nacida en Buenos Aires que trabaja en la ONG Natal, una fundación dedicada a acompañar tratamientos de contención en casos de stress post traumático, sobre todo en los chicos. De 54 años, Judith estuvo asistiendo a las victimas del terremoto en Ecuador, y a los sobrevivientes del ataque terrorista en Manchester, durante el recital de Ariana Grande. «Lo que hacemos aquí es crecer y avanzar con el concepto de la realidad compartida, es decir, hacer comunitario el dolor de ser víctimas de la guerra». Cuenta que su vida corrió peligro cuando un misil cayó en su auto mientras realizaba las compras del supermercado. «Nunca voy a olvidarme de ese día, nací de nuevo», dice.
Judith tiene dos hijos de 26 y 23 años. Llegó a Sderot sin imaginar nunca que iba a estar en contacto con la violencia de la guerra y sus consecuencias. Por ejemplo: «tzeva adom, tzeva Adom». En hebreo significa, «color rojo, color rojo…» Una voz femenina se escucha por los altoparlantes de la ciudad cada vez que un proyectil está a punto de caer proveniente de Gaza. Desde ese momento estremecedor, sólo hay 15 segundos para encontrar un refugio y acostarse en el piso con los brazos cubriendo la cabeza. «Aquí hay una sensibilidad especial, sobre todo entre los chicos, cuando por ejemplo se escuchan fuegos artificiales o suena la alarma de un vehículo. Es tremendo ver la cara de conmoción de muchos de nosotros cuando ocurre algo así».

Judith Bar Hay es asistente social nacida en Buenos Aires, asistió a victimas del terremoto en Ecuador, y a los sobrevivientes del ataque terrorista en Manchester.
Algunas casas de Sderot conservan los rastros de los ataques con misiles. Se puede ver una con impactos en sus paredes que quedó así por decisión de su dueño. Hace poco, el gobierno le agregó un cuarto de seguridad o bunker por si algo vuelve a pasar. Dice Judith que la mejor terapia para sobreponerse a las constantes situaciones de emergencia es la resiliencia. O sea, instalarse en la vida presente para dejar atrás las heridas del pasado. Así intenta explicarlo el movimiento artístico de esta ciudad que organiza eventos culturales para dejar atrás ese pasado doloroso, que en un instante puede transformarse en una tragedia. «Todo florece aquí: vivimos en el país del milagro» contesta sin vacilar la precursora en el tratamiento del trauma, en esta ciudad de clase media que asombra por la pulcritud, el orden, el colorido y la sencillez. «El 85 por ciento de las víctimas logra recuperarse de las heridas abiertas en el alma». Esas, tan difíciles de cicatrizar, en un escenario que intenta todos los días mantener una rutina como la de cualquier otra ciudad del mundo: aunque aquí, sea tan difícil conjugar el verbo de la guerra, en tiempo pasado.











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