QUINCE MINUTOS CON EL REY

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La historia de un encuentro inolvidable y emocionante

-“Quién es Pepe Costa?… No lo conocemos… Está seguro que trabaja aquí?” Con gesto adusto
y en cerrado inglés -aunque entendible- el fornido guardia de seguridad nos devolvía a la
realidad: nada podía salir bien cuando todo parecía encaminado para el encuentro soñado. Si
algo tiene que fallar, será cuando más alta tengas la expectativa. Había llegado el día de la
confirmación del encuentro. Periodistas amigos, familia y cercanos de Leo en Rosario, personal
de prensa del Inter, habían participado, todos a su manera, y con su aporte, de esa cita con la
leyenda. “Vayan a las 10 al club y pregunten por Pepe Costa que los va a ayudar”. El
salvoconducto de la ilusión. El santo y seña de un sueño, que estaba cerca, pero después de
tantas idas y vueltas, podía caerse, por qué no. Pesimista por naturaleza, intuía que algo malo
podría ocurrir. Una salida repentina, un compromiso, una decisión de último momento de Leo,
querer estar con su familia, cansancio, un partido de Thiago, o simplemente, querer algo de
intimidad. Después de todo, el deportista más fotografiado del planeta tiene derecho a
descansar, claro.

Pepe Costa finalmente apareció. El saludo, bastante formal, pero respetuoso. Parecía cansado.
Cuánta gente, por día, por hora, por minuto, le pide acercarse a Messi. Lo entiendo. Claro que
lo entiendo. Pepe es la sombra del 10, el asistente personal del rosarino, el hombre que se
convirtió en su mejor amigo y abandonó Barcelona para seguir a Leo allí donde fuera. Pero esa
mañana lluviosa en Fort Lauderdale, nos empezaba a ofrecer nubarrones de preocupación:
Pepe no nos tenía anotados en la lista. Ergo, había que activar nuevamente un pedido
extremo. -“Celia, por favor, parece que hubo un malentendido, Pepe necesita chequear”

-“Quedate tranquilo, yo me encargo, ya le aviso a Leo”

Ahí, con el audio recién recibido, me quedé pensando. Le va a avisar a Leo que estamos mi
esposa, una de mis hijas y yo esperando por él. No será mucho? La sensación era de timidez,
vergüenza y de desproporción. Estaba bien estar ahí? Nos quedaba flotando la duda de si no
estábamos molestando. Pero teníamos la contradicción de seguir intentando.
Finalmente Pepe Costa nos hizo pasar al centro de entrenamiento, gracias a la gestión de la
mamá de Messi. Tocábamos el cielo con las manos de la emoción, porque estábamos más
cerca de poder verlo aunque sea un ratito. Ubicados en una especie de terraza, vimos el
entrenamiento. Algo lejos, entrenaba Leo y distinguíamos a Busquets, Jordi Alba y Luis Suárez,
siempre cerca del GOAT. Práctica de fútbol, el vozarrón del Tata Martino y sus órdenes, que
alteraba el silencio y el peloteo permanente. Se larga a llover, esta vez con mayor intensidad, y
se decreta el fin del entrenamiento. Vendrá a ese salón tipo desayunador en un primer piso
donde estábamos? Nos empezábamos a impacientar. 5, 10, 15, 20 minutos. Dábamos vueltas
en círculos de la ansiedad. Pepe nos trataba de tranquilizar, todo estaba bien. Hasta que se
abre la puerta del ascensor, aparece Yassine Cheuko, el guardaespaldas de Messi, en una
avanzada de seguridad. Seguro quería chequear quiénes éramos y cuánta gente había
esperándolo. Fueron apenas unos minutos, hasta que la puerta del ascensor se volvió a abrir.
Y ahí sí. “Lo logramos”, se me ocurrió gritar. Fue una sensación única, no recuerdo algo
parecido. Mezcla de conmoción, alegría y orgullo.
No sabíamos bien qué hacer. Se nos nubló la vista. Fotos de rigor, videos, abrazos. Leo nos
saludó, le mostré una foto con él de la Copa América 2007, se rió, nos escuchó. Está
acostumbrado, pero no por eso deja de mostrarse auténtico, genuino, simple. Humilde.

Improvisé unas palabras, tartamudeé, y él escuchaba. Firmó camisetas y buzos. Hasta que se
empezó a despedir. Pepe Costa nos hace gestos de ir terminando el encuentro. Lo volvimos a
abrazar. Levantó la mano, saludó, “chau, nos vemos”. Pasaron los 15 minutos. Felicidad
absoluta. 15 minutos con el Rey, eternamente agradecidos, nosotros, nuestras hijas, que le
contarán a sus hijos. Gracias Leo, te amamos.

LO EFÍMERO DE LA FELICIDAD

Cuántos días hay en la vida de esos que nunca te vas a olvidar? Arriesgo algunos:
casamiento, nacimiento de hijas, cada uno de los festejos por las tres estrellas
mundialistas, Ferro campeón 82/84, o cuando me recibí. Después hay otra categoría de
días hermosos también, como algún cumpleaños que por algún motivo se transforma en
inolvidable, algún viaje en familia y con amigos, una buena cobertura y aventura
periodística. Pero hubo una mañana hermosa e increíble que también se transformó en un
sueño cumplido. Una mañana que jamás olvidaré. Haberlo visto entrenar, abrazarlo,
agradecerle tantas alegrías, dejarme emocionar por su sencillez y humildad. Haber
charlado con Celia, María Sol, Rodrigo, Pepe Costa, Yassine (el guardaespaldas de Leo,
veterano de guerra en Irak y Afganistán). Haberse reído fuerte de aquella foto que le
mostré de jóvenes, Copa América 2007. Y esa timidez tan propia, tan característica. Esa
charla que quedará en el corazón para siempre. Suena cursi, pero no puedo encontrar
otras palabras. Sos crack adentro y afuera de la cancha, Leo. Gracias para la eternidad.