El agua no da tregua. La emergencia mantiene las defensas en alto, pero cualquier medida parece insuficiente. De día y de noche, los vecinos navegan en lo que alguna vez fueron sus calles, con canoas, botes y lanchas que lograron conseguir prestadas. En las zonas vulnerables, todo cuesta, todo se torna imposible, pero están los voluntarios y los vecinos solidarios.
En los barrios con mayores posibilidades, se ven compuertas y sellados con poliuretano, como un esfuerzo inútil, ante tanto desborde.
La inundación deja su marca, esa que perdura y duele, hasta que se pueda volver a empezar.

Guillermo Panizza
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