Heridas que aún no cierran

Parece mentira. El vértigo de las noticias, suele hacernos perder el eje de los grandes acontecimientos que irremediablemente deben quedar guardados en la memoria colectiva. Como una obligación de compromiso ciudadano, para que sepamos cómo defendernos ante la adversidad, que impone la naturaleza con su furia, y la política con su incapacidad. La compleja realidad nuestra de cada día acelera inevitablemente los tiempos. Ya pasaron dos años de aquella jornada y es necesario detenernos en aquel 2 de abril aciago. Un año atrás, La Plata se convertía en el escenario de una tragedia que dejó como saldo nefasto la muerte de 89 personas. 89 vidas que se apagaron bajo el agua, en el peor drama imaginable. Cuando todavía resonaban los ecos y los testimonios desgarradores de los vecinos de Saavedra por lo que provocaban en ese barrio porteño las lluvias feroces (y la falta de previsión y obras inconclusas), la conmoción se apoderaba de todos con las primeras imágenes que devolvía la capital bonaerense. Desde ese momento, fueron días, semanas y meses de desolación para tantos vecinos que se vieron obligados a empezar sus vidas de cero. Escenas imborrables de cientos de familias enteras en las calles de los barrios platenses más castigados, tratando de recuperar muebles, electrodomésticos y recuerdos que quedaron atrapados en el lodo de aquel desastre incomparable.

Con una sensación predominante de dolor por lo que el agua con su fuerza incontenible provocó y de indignación por la falta de obras hidráulicas indispensables, iniciadas recién 11 meses después de la catástrofe.

Todavía permanecen intactas en las retinas las imágenes de la solidaridad hecha ejemplo en la ayuda desinteresada de los miles que se acercaron a extender su mano ante tanto castigo. Y las historias con nombre y apellido. Como la de Alicia Miño, con su casa partida en dos, en la zona de 8 y 32 todavía peleando para retomar su vida. O la de Ana Cabello, la joven empleada administrativa del Club Universitario que perdió a su marido, Javier Díaz, ex futbolista de Estudiantes de La Plata y Gimnasia y Tiro de Salta, víctima de los anegamientos sin precedentes. Sólo dos historias entre miles. Familias que acaso por algo de fortuna pudieron mudar sus pertenencias, o algunas de ellas, a la casa de algún familiar. Pero muchas, sin esa suerte efímera. Y que siguen luchando. Y que nunca bajaron los brazos, por aquellos días, reclamando por una ayuda inestimable que por, designios de la inoperancia de turno, sólo llegó en cuentagotas. Con la confirmación de que el Estado (nacional, provincial, municipal) siempre tiene una lenta respuesta espasmódica ante los grandes problemas de la sociedad. Con vecinos damnificados que todavía hoy, un año después, intenta infructuosamente percibir subsidios e indemnizaciones que la burocracia administrativa se encargó de negar sistemáticamente, ajena al sufrimiento colectivo.

Y luego siguieron las marchas en reclamo de justicia, cada vez más debilitadas por el simple desinterés motivado por el paso del tiempo y el hartazgo silencioso. Y la falta de respuestas. Y un recuento judicial que todavía no arroja una cifra definitiva, cuestionada con mezquindad sorprendente, desde la política vacía de contenido.

La Plata nunca olvidará aquellos fatídicos días de abril, y hoy, dos años después, trata de cicatrizar heridas, todavía, abiertas. Sólo es deseable que quienes tengan que dar respuestas, con capacidad de gestión y grandeza, sepan que gobernar con dignidad es anticiparse a los hechos con obras y trabajo, y no discutir con declaraciones altisonantes, en los medios de comunicación.

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