Para llegar a la casa de gobierno, ya no hay que atravesar las vallas que dividían la Plaza de Mayo desde la crisis de 2001. Hace un tiempo fueron retiradas, y en su lugar pusieron un enrejado que, aunque de dudosa significación, luce mucho mejor. Pero también esa prolija malla metálica bien puede parecer un signo de los tiempos, un símbolo de nuestra memoria reciente.
Por algún motivo inexplicable todos los gobiernos -desde que tengo uso de razón- tienden a encerrarse en sí mismos, alejándose de la sociedad, como si esas rejas (antes vallas) fueran como una marca divisoria que los separa de la opinión pública.
Esta figura bien puede servir para describir lo que pasa en estos días vertiginosos en nuestro país.
Un resultado electoral tan contundente e inesperado, con consecuencias políticas y ecónomicas dominadas por la incertidumbre, aún en desarrollo y de final incierto, que requiere gestos simbólicos de responsabilidad y madurez por parte de nuestra dirigencia política. Cuando la ciudadanía esperaba una convocatoria, cargada de espíritu democrático, de un encuentro entre los dos principales líderes políticos del país, sólo se escucharon mensajes dirigidos a los electorados cautivos del oficialismo y la oposición. A sus votantes. Sólo a ellos.
Cuando se aguardaba un intento dialoguista de conformar una suerte de mesa de consenso hacia una «transición ordenada», o al menos una foto «tranquilizadora» para asegurar ante los ojos del mundo que la república acepta los resultados de las urnas y se encamina a honrar sus compromisos, las debilidades del sistema político quedaron expuestas. Tanto Mauricio Macri, como Alberto Fernández, con diferentes niveles de responsabilidad en la difícil coyuntura, parecieron desentenderse del crítico momento post-electoral. Negacionismo, rápidas apelaciones al miedo, nula autocrítica, y frases altisonantes e inoportunas.
En conferencia de prensa, el presidente dio a entender que, de una u otra manera, la gente se equivocó al votar. Y del otro lado, el ahora candidato del Frente Todos, dijo: «nunca me llamó en estos años. No creo que tenga por qué llamarme ahora», todavía en un clima de euforia.  Ambos, alejados de la imperiosa necesidad de garantizar gobernabilidad. Ambos, sin exhibir gestos de grandeza. Los dos, alejados de la madurez política que aguarda la opinión pública. Los dos, encerrados en su laberinto, como plantea desde su pretendida función ese enrejado divisorio de la Plaza de Mayo, el que debe atravesarse para llegar a la casa de gobierno, que parece sumar otro capítulo a su historia, ante un país expectante, con su futuro en juego.
Gracias,
Guillermo P
Guillermo Panizza
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