En el Museo Yad Vashem de Jerusalén se exponen fotografías, documentos, objetos de las víctimas del Holocausto. Un centro mundial de documentación, información y memoria que pone en el centro de su filosofía a hombres y mujeres que tenían vidas reales y que fueron protagonistas de los crímenes más atroces de la historia de la humanidad.


Cada uno de los elementos que se exponen en un edificio impactante que parece colgar de una montaña en Jerusalén, tienen la impronta de cada una de las víctimas: objetos vulgares que pertenecieron a alguien, libros que nunca se terminaron de leer, fotografías dedicadas, muebles que fueron abandonados, juguetes, muñecas. Historias personales que cuentan tanto drama, lo explican, lo describen, de manera dolorosa y directa.

Como la historia de Gerta, la inseparable muñeca de una nena que se llamaba Eva Modval. Una de las historias más conmovedoras que se pueden encontrar en este Museo. Gerta tenía 3 años en 1939 cuando sus padres se la regalaron para su cumpleaños. De nombre le puso Gerta, en honor a la señora que la cuidaba, que se llamaba Gertrudis.

Durante los siguientes cinco años de su vida, Eva escapó junto a su familia de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, tratando de evitar el terror que imponían los nazis en buena parte de Europa. ¿Cómo esa nena pudo sobreponerse a tanta  angustia, a tanto sufrimiento? Fue su muñeca que la protegió. Y, ella, hizo lo mismo con su muñeca. El padre de Eva, fue capturado y asesinado.

Más tarde, Eva y su madre también serían apresadas por los nazis. Pero lograron sobrevivir, refugiándose donde pudieron, y, luego de la guerra, llegaron a Israel. Años después, Eva se casó y formó una familia, pero incluso como madre y luego como abuela, mantuvo siempre en su poder la pequeña muñeca, la misma que llevó a través de todas las dificultades del Holocausto y durante el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

Durante muchos años, las autoridades del museo Yad Vashem solicitaron a Eva esa muñeca para que pueda convertirse en testimonio de su historia. Eva se negó de manera sistemática, hasta que finalmente, después de innumerables pedidos, aceptó donarla al  museo, con la condición de que la dejaran escribir una carta que debía exhibirse a su lado: “Mi querida muñeca, tal vez seas capaz de contar hoy a la gente  y, en especial  a los niños, lo que viste y dónde estuviste conmigo. Ahora, te convertiste  en una parte inseparable de mi pueblo, surgido – como el Ave Fénix –  del fuego y las cenizas”.

En Yad Vashem, nadie permanece indiferente y ajeno, a la historia de Eva, y Gerta, su muñeca.
Guillermo Panizza
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