Comienza una etapa histórica para nuestra querida institución. El levantamiento de la quiebra supone dejar atrás de 12 años de penurias, desaguisados, malas gestiones, burocracia judicial, y, en consecuencia, un doloroso retroceso para un club que supo marcar el rumbo como ejemplo deportivo y social.

Ferro se levanta. Y lo logra a través de sus socios, esperanzados y silenciosos. Aquellos que se unieron para mejorar con trabajo las instalaciones deportivas. Canchas de césped sintético, las mejoras en el Etchart y los vestuarios, la tribuna visitante de cemento, la plaza de juegos de la sede, por sólo citar algunos ejemplos, sólo pudieron transformarse en realidad a través del desinteresado e inclaudicable esfuerzo de los verdolagas de alma. A ellos, el merecido reconocimiento, y las gracias eternas.
Ahora habrá que participar, a partir del advenimiento democrático, en el control de la nueva comisión directiva, exigiendo transparencia y rendición de cuentas para que sepamos hacia dónde se destinan los fondos, qué pasa con el déficit operativo mensual, cuál es el resultado de los ingresos económicos por las transferencias más recientes (Acuña, Pereyra Díaz) y cuál es la política a implementar para el fútbol profesional, el que en definitiva, a través del surgimiento de nuevas figuras, puede permitir engrosar las arcas del club y proyectar a futuro.

Ferro está arraigado, e intenta transformarse en la referencia del barrio. Los que tenemos más de 40 caemos en el lugar común de compartir una historia común y conocida por toda una generación; crecimos, nos formamos, nos divertimos y maduramos en el club. Las «Vacaciones Alegres», Pontevedra, la Fiesta del Color, Tehuelches y Comechingones, la pileta de la sede, las alegrías del fútbol, el orgullo de haber integrado un equipo federado de béisbol con la verde. Todo atraviesa cada etapa de mi vida. Y la de tantos otros, que hemos vivido cerca de Cucha Cucha 350 (me niego a llamarla de otra manera). Ha llegado el tiempo de devolver, cada uno desde su lugar. Como socio, celebrando ahora, pero manteniendo en la memoria todo lo que vivimos (lo bueno y lo no tanto, recientemente), para que este vínculo se acreciente. Ferro, mi buen amigo, acá estamos. Y ahora más que nunca.

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