La ciudad donde se corporiza el drama de la desigualdad

Está al margen, casi ajena. Es la ciudad neurálgica de Brasil, la de los negocios, las finanzas y la industria. Impacta el tamaño de esta urbe donde predomina el  cemento, y los rascacielos a la neoyorquina. Por eso la sorpresa, mayúscula, cuando el visitante desprevenido quiere hacerse de alguna postal mundialista. No se ven banderas. Las casas, grises, no entregan ninguna mueca sonriente de carácter deportivo. Pocos autos ataviados para la ocasión. Qué pasa?  Por qué tanta indiferencia ante un Mundial? Caminando y charlando, uno parece aproximarse a la realidad. Aquí se juega otra Copa. En la ciudad más poblada del gigante -22 millones de habitantes entre el Gran San Pablo y su área metropolitana- queda al descubierto, acaso más que en ningún otro lado, la enorme distancia que separa a la sociedad brasileña. Aquí, la brecha entre ricos y pobres, es visible y contundente: a las pruebas que nos brinda la mera observación nos remitimos: helicópteros sobrevolando la mole de cemento llevando de aquí para allá a empresarios y políticos, en lo alto. Y el drama de la marginalidad, la indigencia y las carencias, a cada paso, con sólo echar un vistazo a una barriada no muy alejada del centro.

San Pablo, desigual y monstruosa, no vive la fiebre del Mundial. Si hasta hubo algunos silbidos cuando los de “Felipao” se despidieron de la torcida paulista con un escuálido triundo 1 a 0 ante los serbios. Pero hay más. Aquí nacieron, implacables, las marchas y protestas contra la organización del Mundial  en junio del año pasado, durante la Copa de las Confedereciones. Y el desánimo y la bronca, aunque menores respecto de 2013, parecen marcar el evento con prepotencia. 

La zona de Itaquera, donde viven 500 mil personas, es una de  las más olvidadas de la ciudad.  Aunque ahora las adyacencias del  Arena Corinthians, donde se va a realizar la ceremonia de apertura, tengan alguna decoración y parquización cosmética, muchos se preguntan si el famoso “legado” de la copa tendrá el destino que aquí la mayoría supone.

 Las protestas de los trabajadores del metro colapsó el tráfico de la ciudad. En estos días intensos, llegaron a registrarse 170 kilómetros de atascos. “He tardado dos horas para hacer un recorrido que suelo hacer en 30 minutos”, aseguraba el taxista Dorivaldo Aguiar. Si el tráfico sigue igual cuando el Mundial ya esté en marcha, el recorrido desde el centro hasta el estadio Itaquerão, sede del partido de inauguración entre Brasil y Croacia, será de dos horas y media de viaje y a un costo de 150 reales (67 dólares), según sus cálculos. En días normales, este mismo recorrido se puede hacer en 50 minutos y por 90 reales (40 dólares). 

Algunos tímidos hinchas colombianos y mexicanos, extrañamente abrigados, se acercaron a charlar con nosotros en el móvil, y uno de ellos, con buzo y gorro, nos preguntó, irónico: “amigo, esto parece Seattle, o alguna ciudad canadiense… no parece que el Mundial esté por jugarse aquí… esto está frío, y el clima, parece haber tomado nota”, dijo mientras se tomaba, dijo, el segundo café de la tarde, desangelada, claro, como la previa del  Mundial, en esta sede, pendiente de otros asuntos.

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