Llegamos y no paramos ni un segundo. Alojamiento, logística para los traslados, contactos para recorrer, ver y contar. Cuiabá, en el corazón del Mato Grosso, es una ciudad enorme. Parece no terminar nunca, hasta que, de golpe, aparece el verde intenso de su selva exuberante, una alfombra que todo lo rodea y que se advierte desde una hora antes de aterrizar. Hacía allí había que ir, en una nueva misión periodística compartida con Marcelo Dell Isolla y Angel Delellis. Entre tanto, de lo primero que uno se sorprende es la complicada inmensidad. Increíblemente extensa, el área a cubrir nos podría deparar viajes de días enteros para un estado que se asemeja en superficie a todo el Norte argentino.
A poco de llegar, la carga de celulares para transmisión, la búsqueda de tarjetas sim para la mochila de transmisión en vivo (siempre problemática, más aún en una zona de conectividad imposible) y el cuartel de bomberos como base de operaciones para conocer movimientos y esperar (y pedir) eventuales desplazamientos.
En todas las coberturas siempre hay un lado B desconocido, cargado de historias mínimas, anécdotas inolvidables y casualidades que pueden ser determinantes. Y ellas aparecieron mágicamente en nuestro primer destino obvio. Bromas futbolísticas mediante, en el batallón con los efectivos y rescatistas que se quedaron de guardia, se crea un lindo ambiente de risas y breve distensión. De esa charla emerge la figura imponente y carismática de Marcos Sandro Da Silva Ferreiro, para todos, más conocido como el sargento Sandro, uno de los bomberos más experimentados que se ofrece a trabajar codo a codo con nosotros para llevarnos a los focos de incendio.
Sandro, grandote, simpático, dispuesto, supo ganarse nuestra confianza a base de «expediciones» conjuntas, aventuras en medio de los campos y de las estancias, abriéndonos paso ante las dificultades de lo desconocido, lo impenetrable de la selva y lo inseguro de los destinos elegidos. Si hasta puso a disposición su documento de identidad para que pudiéramos comprar los chips telefónicos, nuestros «pasaportes» indispensables para la salida al aire.
Armado con un cuchillo y un arma de fuego sobre la cual no quisimos preguntar demasiado, este ex policía, torcedor del Flamengo, e incansable narrador de relatos incomprobables, jamás nos llevó a lugares donde no pasaba nada. Certero, nos condujo a incendios desatados, replicados por el fuerte viento, o extinguidos hacía pocos minutos. Manejó cientos de kilómetros sin protestar «porque le encantaba» que el mundo viera lo que pasaba con su Mato Grosso de nacimiento. «Me da mucha verguenza que no podamos dar abasto ante tanta destrucción, Bolsonaro debería sacarse menos selfies y mandar más ayuda», comenta, enojado por primera vez en 4 días.
Abrió tranqueras, agotó baterías de su handy, habló con moradores, nos preguntó, nos consultó. Maldijo los caprichos de la naturaleza que recorrió durante toda su vida, que nos impedía llegar a los incendios en los morros, que se veían a lo lejos como tajos rojos que dividían el espesor de la vegetación, de un verde intenso y dominante.
El sargento Sandro se transformó en un fugaz y efímero amigo que decidió ponerle el cuerpo a la catástrofe. Señalando a las madereras y grandes productores agropecuarios que, sabía, avanzan talando árboles nativos, y quemando el suelo amazónico para pudiera resembrarse luego de la deforestación. Un personaje inolvidable, protagonista de una nueva aventura periodística que se emocionaba en compartir los sueños de sus hijos y sus nietos, en la misma tierra que ama, y que defiende, ayudando a mostrar la impotencia de su gente, a través de Telefe Noticias. Gracias, sargento, ya nos volveremos a encontrar.
Guillermo Panizza
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