Caracas

Cuesta comprender la dinámica de la vida cotidiana venezolana, hasta que uno pisa esta tierra, generosa en bellezas naturales y hospitalidad. En el aeropuerto de Maiquetía, turistas de todo el mundo se arremolinan intentando conseguir taxis a buen precio para llegar al centro de Caracas. El oportunismo -que no tiene nacionalidad ni ideología política- alcanza en esta región caribeña, su máxima expresión. Brecha cambiaria mediante -entre el dólar oficial y el paralelo hay una montaña de bolívares de diferencia- surgen inevitablemente ganadores y perdedores, en la disputa por sobrevivir en la castigada economía local, con inflación galopante, cepo al dólar y falta de productos básicos en los supermercados.

Una vez en camino a destino desde La Guaira -cercana a la costa y a unos 20 kilómetros del centro- hasta al casco histórico de esta hermosa capital, enmarcada dentro de un valle del sistema de la cordillera de la Costa, se advierte a simple vista cuál es el resultado concreto que genera el precio del petróleo en el día a día de los venezolanos. Los altos ingresos por exportaciones, en uno de los principales países productores del mundo, permiten abaratar el combustible hasta llevarlo a valores irrisorios. Por ende, las calles caraqueñas se transforman a toda hora en un intransitable y laberíntico recorrido atravesado de vehículos de toda índole, origen y tamaño.

Trabajar como enviado especial en Venezuela sólo es posible a bordo de una moto. Cinco visitas periodísticas al país, me permiten asegurar que es la única manera para desplazarse, aún sin contar con garantías de éxito. Y con el riesgo asumido que tal decisión implica: hay que llegar a tiempo a las entrevistas, al envío de material vía satélite, a los despachos en vivo. Siempre y cuando puedan superarse el tránsito imposible de cada días y –hay que decirlo- las cuantiosas barricadas, piquetes y protestas a lo largo y a lo ancho de la recorrida.

Cuando el trabajo lo permite, se puede recorrer el municipio de El Chacao, en la zona norte de la ciudad, el más pequeño y denso del área metropolitana. Aquí residen gran parte de los ministerios, embajadas, hoteles y centros comerciales más importantes de la Caracas. Zona indicada, también a la hora de la gastronomía, junto a La Candelaria, muy conocida por los restaurantes españoles, ya que aquí se concentraron, cuentan, gran parte de los inmigrantes gallegos, canarios y sus descendientes.

Caracas es fascinante desde lo visual, además, por sus monumentos históricos; la Casa Natal de Simón Bolívar, el Panteón Nacional, el Mausoleo a Bolívar, o el Palacio de las Academias, se destacan por su majestuosidad y arquitectura. Alejado del centro, el barrio 23 de enero, es una verdadera fortaleza chavista donde proliferan punteros políticos que aseguran la militancia incondicional de los “colectivos” motorizados, que a sangre y fuego amedrentan a votantes.

Es ésta la zona de Caracas donde se perpetúa la leyenda del mítico líder, a poco de cumplirse dos años de su muerte y paradójicamente, en medio de una de las peores crisis política, económica y social del país. Aquí, más allá de las disquisiciones políticas, se preparan las arepas más ricas que jamás alguien haya probado. De eso puedo dar fe.

Si uno busca la opción de moverse a pie –poco recomendable por la extensión de la ciudad- es apacible el paseo por la Plaza Altamira, considerada el espacio público más turístico, y que cuenta con un imponente obelisco y hermosos jardines. Esta referencia opositora inevitable (desde aquí suelen marchar las caravanas contrarias al gobierno de Nicolás Maduro) se ubica algo alejada de la emblemática Plaza Simón Bolívar, la más antigua y tradicional de la ciudad; alrededor de ella se encuentran la Catedral de Caracas, y el Palacio Municipal, entre otros edificios importantes.

Una de las zonas más exclusivas es Las Mercedes, ubicada en el Municipio Baruta. Si el turista inquieto gusta de las salidas nocturnas, éste es el lugar indicado: la cantidad de boliches, discotecas y bares aseguran diversión y una noche cargada de salsa, merengue y joropo.

El clima, durante prácticamente todo el año, invita al descanso en la playa. Para eso, nada mejor que La Guaira, a una hora aproximadamente del centro. Allí sobresale Marina Grande, una playa estrecha pero con aguas cálidas y buen servicio gastronómico, con sugerencia de la pesca del día.

Con algunos de estos detalles puede escribirse la carta de presentación habitual de la capital de la República Bolivariana. Una ciudad que exhibe la simbología revolucionaria en cada esquina, en cada barrio, maximizada por la exaltación del culto a la personalidad y a la figura del hombre que condujo el país -amado y odiado en idénticas porciones- durante 14 años.

Una capital acostumbrada a las campañas políticas agresivas, carentes de debate y hasta excéntricas, con el sucesor de Chávez llegando a utilizar como eje discursivo al ya célebre “pajarito” y con ritmo de reggaetón en la versión musicalizada que utilizó la oposición para burlarse de la mentada “corporización” del comandante.

Después de tantos viajes a esta ciudad y luego de haber presenciado con ojos neutrales la interminable y emocionada espera de miles de seguidores, simpatizantes de la Revolución Bolivariana que matizaron cada vigilia emocionada con recuerdos, cánticos y homenajes, la hiper politizada Caracas propone desear saber más acerca del proceso político protagonizado por el Socialismo en Venezuela.

¿Qué país dejó Chávez como legado? ¿En qué momento el país se fracturó en mitades irreconciliables que llevan sus conflictos a las calles? ¿Cuándo las “misiones” sociales -planes asistencialistas en educación, salud y vivienda- dejaron de encumbrarse en el único y antiguo logro de gestión?

Preguntas que sólo el tiempo, como testimonio inexorable, podrá contestar, en la Venezuela de las dos caras, y con la imperdible Caracas, como carta de presentación.

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