El triunfo de Michelle Bachelet, aunque no le garantiza su desembarco en el Palacio de la Moneda ya que obliga a una segunda vuelta electoral, deja al descubierto una historia poco revelada acerca del pasado de las dos candidatas, Bachelet, y la postulante del oficialismo, Evelyn Matthei.

Ambas comparten una historia: la profunda amistad entre sus padres -Alberto y Fernando, generales de la Fuerza Aérea Chilena – y una niñez marcada por los códigos que impone la vida militar y que duran para siempre.

Fernando Matthei Aubel era coronel de la Fuerza Aérea. Gelo es Angela Jeria. Unas semanas antes, el 12 de marzo de 1974, su esposo, Alberto Bachelet, general de la Fach, había muerto en la Cárcel Pública tras ser sometido a torturas en la Academia de Guerra de la Aviación (AGA).

Treinta y ocho años después, dos ramos de flores decoran el departamento de Angela Jeria en Avenida Vespucio. Es agosto de 2012 y pocos días antes ella ha dicho a la prensa: “Siempre el general Matthei ha sido amigo nuestro, lo estimo mucho y yo tengo la certeza de que él no estuvo en la Academia de Guerra en el tiempo en que mi marido estuvo ahí”.

Esas palabras las dijo en el marco de la querella por el homicidio de Alberto Bachelet que la Agrupación de Ejecutados Políticos había presentado el año anterior. Jeria y su hija Michelle Bachelet se hicieron parte de la causa, pero no han querido que su abogado pida el procesamiento de Matthei, como sí lo hizo la agrupación.

La relación entre ambas está lejos de ser la que tuvieron sus padres. Pero ser hijas de general marca sus historias: se criaron en una tribu distinta a la de los civiles. Y ser hijas de esos dos generales en particular -grandes amigos, que cumplieron roles públicos desde espacios políticos enfrentados y en medio de una convulsión política de la que sólo uno sobrevivió- parece más que una broma del destino.

El mismo año que la familia Matthei llega a Cerro Moreno lo hace Alberto Bachelet Martínez, de 34 años, con su mujer, Angela, y sus dos hijos: Alberto (11) y Michelle (6). A este capitán de la Fach, encargado de las finanzas del enclave, le gusta romper el aislamiento de la base.

El padre de Matthei es considerado un tipo reservado, “reconocido como un oficial excepcionalmente culto, aplicado y disciplinado”.

La amistad entre sus padres se hace cada vez más profunda, aunque a simple vista parecían tener poco en común. Matthei, descendiente de alemanes, es un tipo reservado, “reconocido como un oficial excepcionalmente culto, aplicado y disciplinado”, recuerda el coronel (R) Raúl Vergara, quien después del golpe también estaría preso en la Academia de Guerra de la Aviación, en Santiago.

Bachelet, en cambio, es extrovertido, carismático, y organiza bingos y fiestas en Cerro Moreno, donde invita a las autoridades de la región. “Era muy amistoso”, dice Vergara.

Más allá de las diferencias, Alberto Bachelet y Fernando Matthei comparten intereses. Los dos son amantes del deporte, la literatura y la música docta. No es raro que en Cerro Moreno crucen la calle que los separa para prestarse discos y conversar durante horas.

Las familias Bachelet y Matthei no volvieron a coincidir en villas militares. Pero quienes conocen ese mundo dicen que de ese ambiente es difícil abstraerse. Que deja huellas. Las hijas de ambos generales no son la excepción.

Las hijas también seguían derroteros distintos. Evelyn estudiaba becada en la Deutsche Schule. Michelle iba a un establecimiento público: el Liceo 1. Pero entre los padres, la amistad no se alteraba. Había confianza. Cuando Matthei viajaba por períodos largos fuera de Chile -estuvo en misiones en Suecia, Estados Unidos, Israel- le pedía a Bachelet que fuese su apoderado en asuntos comerciales: que se hiciera cargo de su casa, de las ventas y compras a su nombre, de autorizar distintos trámites.

Chile había cambiado. Por eso, en aquellos encuentros de fines de los 60, hablaban casi exclusivamente de política. Abiertamente y en confianza.

Con la elección de septiembre de 1970 comenzaron las primeras discrepancias. Matthei votó por Jorge Alessandri. Bachelet, por Allende. Esas diferencias no afectaron la amistad: ninguno era dogmático y ambos se consideraban constitucionalistas.

11 de septiembre de 1973. El coronel Matthei, que está con su familia en Londres, mira de lejos lo que sucede en Chile. No es parte de los uniformados que planearon un golpe de Estado contra Allende.

Alberto Bachelet, en Santiago, tiene en común con Matthei estar aislado de los golpistas. En agosto del 73, Leigh conversa con el general para que renuncie a la jefatura de Finanzas de la Fach, cargo que mantenía en paralelo al de Dinac.

“Bachelet acepta, sin captar inmediatamente que con ello queda automáticamente marginado de las reuniones del alto mando institucional, donde ya se trazan planes para derrocar a Allende”, dice el libro Bachelet, la historia no oficial. El uniformado consideraba a Leigh su amigo: habían hecho juntos el servicio militar y luego ambos habían entrado a la Fuerza Aérea.

Bachelet se levanta temprano el 11 de septiembre y se va al Ministerio de Defensa. Allí lo detienen, pero en la noche lo dejan ir. Al día siguiente se preocupa de ir a buscar a su hija Michelle, a quien el golpe la encuentra en la Facultad de Medicina de la Chile. El sabe que ella milita en la Juventud Socialista.

Tres días después, dos generales lo van a buscar a su casa. Angela y Michelle desconocen dónde lo llevan, hasta que la tercera semana de octubre Bachelet sufre una isquemia, lo trasladan al hospital institucional y, tras recuperarse, queda en arresto domiciliario.

Su hijo Alberto vive en Australia. El padre le escribe: “Estuve 26 días arrestado e incomunicado. Fui sometido a tortura durante 30 horas (ablandamiento) y finalmente enviado al Hospital Fach (…). Me quebraron por dentro, en un momento, me anduvieron reventando moralmente”.

En diciembre es nuevamente detenido y lo llevan hasta la Cárcel Pública. Bachelet no regresará a su casa. Un nuevo episodio cardíaco lo deja en el Hospital Fach en enero de 1974. Tras la recuperación, lo devuelven a la cárcel.

Meses antes, por el 17 y 18 de septiembre de 1973, según recuerda Raúl Vergara, “los oficiales y suboficiales que fuimos procesados empezamos a llegar a la Academia de Guerra de la Aviación (AGA), que tras el golpe se constituye en lugar de detención y tortura. El lugar de la prisión masiva era en los subterráneos. Después se hizo fatídicamente conocida la capilla. Era el lugar de las torturas”.

El padre de Bachelet era considerado extrovertido, carismático y “muy amistoso”.

Bachelet comenzó a ser llevado a la AGA a principios de marzo del 74 para sesiones de interrogatorio. Para ese tiempo, el director en lo formal de esa academia era el coronel Fernando Matthei. Ese es el episodio más complejo en la relación entre ambos uniformados. Por este capítulo, las agrupaciones de DD.HH. han pedido su procesamiento en el caso que lleva el juez Carroza.

Gustavo Leigh decidió nombrar a Matthei como director de la Academia de Guerra en diciembre de 1973, mientras éste aún estaba en Londres. En el libro Matthei. Mi testimonio, él cuenta que para ascender a general “me faltaba cumplir un requisito reglamentario: un año de mando”. Y eso se lo daría la nominación en la AGA. “Habría sido un puesto soñado en tiempos normales”, remata.

Matthei regresa a Chile el 28 de enero de 1974, según su declaración judicial. Ya sabía de la detención de su amigo Bachelet; se había enterado en Londres por los diarios. “Me disgusté mucho. Me sentí sumamente contrariado”, dijo en una entrevista a La Tercera en 2009.

Unos días después, el 2 de febrero, Matthei se presenta en la academia. Va de uniforme. La Fiscalía de Aviación que operaba en ese edificio de calle La Cabaña, en Las Condes, estaba a cargo del general Orlando Gutiérrez. “O sea, el director tenía menor grado que el hombre a cargo de los subterráneos”, explica el ex prisionero Raúl Vergara.

En su libro, Matthei recuerda que “el amplio subterráneo (…) estaba rígidamente custodiado, siendo ‘off limits’ para toda persona ajena a la Fiscalía de Aviación”. Según su versión, el poco personal a su mando estaba a cargo de la seguridad exterior y del casino, y no administraba el lugar en su calidad de centro de detención y de los consejos de guerra.

Ese 2 de febrero, Matthei pide un libro a la biblioteca. Baja al subterráneo escoltado por un miembro de la fiscalía. Al bajar, declaró, ve a los detenidos. Dice que no volvió durante años. Hasta 1991, cuando devolvió ese libro sobre la invasión alemana de Noruega.

¿Podía Matthei hacer algo por su amigo?, es la pregunta que ronda entre algunos. En la entrevista que dio en 2009, dijo que una vez le planteó a un general cercano que quería intermediar por Bachelet ante Leigh.

“El me dijo que no me metiera en las cosas que no me correspondían”. Raúl Vergara agrega que, además, hay que tener en cuenta el ambiente de la época: “Hubo un oficial que por razones humanitarias nos fue a ver a la cárcel y a las dos semanas estaba preso con nosotros”.

La democracia sorprendió a Michelle y a Evelyn nuevamente en caminos lejanos. La hija del general Bachelet tenía entonces una militancia discreta y poco activa en el PS, y nadie presagiaba su fulminante carrera política, que comenzó el 2000, como ministra de Salud y Defensa, y que terminó seis años después con ella instalada en La Moneda.

La hija del general Matthei inició en 1990 una carrera política como diputada de RN por Las Condes, Lo Barnechea y Vitacura. Poco antes, durante esa campaña, ambas se reencontraron por primera vez. Y, según recuerda Matthei, hablaron de las violaciones a los derechos humanos.

A pesar del aprecio que existe entre sus familias, entre Matthei y Bachelet no hay una cercanía especial.

Michelle Bachelet, ya como presidenta, sorprendió con esas palabras a Fernando Matthei en un acto oficial en Cerro Moreno, en septiembre de 2009. El ex comandante en jefe de la Fach estaba al final de la fila junto a otros uniformados, cuando ella, que no lo veía hacía años, se acercó a saludarlo. Emocionado, al terminar la ceremonia, Matthei dijo que el “especial afecto que le expresó” la presidenta “también es de mi parte, hacia ella y hacia su madre”.

El aprecio se mantiene en esa primera generación, la de Matthei y Jeria. En las hijas, el asunto tiene matices. Evelyn Matthei dice: “Siento cariño por el general Bachelet, por Angela Jeria y Michelle”. Pero entre ellas no hay una cercanía especial. Varios episodios dan cuenta de eso.

Uno fue la visita que en 2009 Bachelet realizó a la India como presidenta. En la comitiva de senadores iba Evelyn Matthei. Los otros pasajeros de esa gira recuerdan un emotivo paseo por la tumba de Gandhi, una visita al Palacio de Gobierno, otra al Taj Majal y tertulias distendidas al final de las jornadas, en las que solía estar la presidenta.

En la comitiva no recuerdan que esas dos mujeres hayan protagonizado un diálogo más privado. La relación siempre fue formal.

Claro que se conocen. Ocho meses antes de ese altercado, Evelyn Matthei había agradecido las declaraciones de Angela Jeria en defensa de su padre, frente a las acusaciones de organismos de DD.HH. El segundo ramo de rosas que la madre de Bachelet tenía en su departamento el pasado agosto se lo había mandado la candidata de la Alianza.

 

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